sábado, 22 de marzo de 2014

Libertad


El sonido metálico de la campana de la iglesia recorrió las viejas calles vacías por doce veces, cuando las agujas del reloj del campanario se unieron en una. Un viento helado recorrió cada rendija del maltrecho empedrado, tropezando esporádicamente con algún que otro vagabundo recostado bajo la frágil protección de los soportales, o alguna prostituta en busca de algún cliente desesperado. En pocos minutos, el cielo se cubrió por completo. Un espeso manto gris de algodón ocultó a la altiva luna dando paso a un mar de gotas de lluvia y todo ser viviente desapareció de las calles. Tan sólo la tímida luz de los candiles, que se adivinaba a través de las ventanas permaneció inmóvil, en la oscuridad.

En pocos segundos el agua cubrió los cristales del amplio ventanal tapizado con unas livianas cortinas de seda. Lucia, recostada sobre el confortable colchón de plumas de su cama, contemplaba detenidamente el salpicar de las gotas de lluvia sobre la cristalera.  Añoraba con fuerza el cálido brillo del sol que bañaba los campos de su Castilla natal. Aquellos campos de que fue despojada, sin previo aviso, con el vano pretexto de una vida mejor.

¿Una vida mejor? Una vida alejada de su familia, de su tierra, de su hogar… obligado a vivirla junto a un hombre que apenas conocía y al que ya despreciaba. Eso no era una vida mejor, era una prisión. Un trabajo forzoso. Una horrible tortura que su padre le obligaba a sufrir, convencido de que su matrimonio con el duque de Montpellier la mantendría feliz y a salvo.

El sonido ensordecedor de un trueno penetró en la estancia a través de los temblorosos cristales, acompañado al instante por la luz cegadora del siempre fiel rayo. Al instante, cientos de hermanos siguieron el ejemplo de su valiente hermano y una vigorosa tormenta estalló sobre las angostas calles de Gijón.

Lucía se incorporó de la cama y comenzó a caminar  ansiosamente a lo largo y ancho de la habitación. Respiraba profunda y entrecortadamente mientras se retorcía nerviosa las manos y repetía una y otra vez: “No puede ser. Tengo que evitarlo. Tengo que evitarlo.”

El sonido de un golpear en la puerta de madera interrumpió el breve ataque de ansiedad de Lucia. Primero, tres golpes secos en la dura madera de roble. Después, su voz. Su voz ronca y asfixiante que la llamaba firmemente desde el pasillo. Lucia se detuvo frente a la puerta con los ojos temerosos clavados en el picaporte.

-          Lucia, abre la puerta. Deseo darle las buenas noches a mi futura esposa.

Lucia permaneció inmóvil frente a la puerta. Podía sentir los latidos de su corazón retumbando en todo su cuerpo. Se acercó despacio y posó su blanca y delgada mano sobre el pomo de cobre dorado y brillante. Lo giró lentamente y entreabrió la puerta. Al otro lado de la entrada se alzaba la figura robusta y enorme del duque de Montpellier.

Pierre caminó lentamente hacia Lucia. Se detuvo frente a ella y cerró la puerta tras de sí.

-      Buenas noches Lucia, ¿te encuentras bien? Has tardado bastante en abrirme y eso me ha preocupado. Por un momento he pensado que no deseabas verme.

-           ¿Cómo podéis pensar eso, señor? Al fin y al cabo, voy a casarme con vos.

La actitud de la joven, ahora mucho más calmada, se convirtió en áspera y arrogante. El rostro de Lucia dejó entrever cierto odio al tiempo que su voz se tornó fría y distante.

-         Por vuestra forma de expresarlo, querida, parece que la idea os desagrada. Es una lástima que penséis así, pero ya no tenéis otra opción. Estoy seguro de que en cuanto os hagáis a la idea seréis muy feliz en nuestro nuevo hogar.

-          Dudo que semejante vida pueda proporcionarme la felicidad.

Pierre miró a la joven con aire de desprecio. Se acercó hasta ella y deslizó su fuerte mano derecha alrededor del cuello de Lucia. La joven lanzó un leve grito que pronto se ahogó entre las lágrimas que los recios dedos del duque hacían brotar de sus tiernos ojos. Su mirada se volvió miedo a igual velocidad que la de él se convertía en ira. Durante unos segundos llegó a temer por su vida pero la idea de morir allí y así le parecía mucho más placentera que tener que pasar el resto de su vida con él.

-        Te mataría aquí y ahora si no hubiera apostado tanto en este asqueroso matrimonio. –El Duque retiró con violencia la mano y sonrió. –No hay duda de que me he equivocado contigo. Te creí sumisa y obediente como tu padre me afirmó que eras y has resultado ser una zorra vulgar y maleducada.

Lucia levantó la mirada del suelo hasta posarla firmemente sobre sus ojos. Había permanecido pasible mucho tiempo y ya estaba harta. No lo meditó ni un instante. Alzó su delicada mano, la misma con la que segundos antes acariciara su dolorido cuello, hasta alcanzar el rostro severo de su prometido y le abofeteó.

-      ¡No vuelvas a insultarme asqueroso gusano! Podrás obligarme a casarme, podrás robarme mi felicidad, podrás robarme mi libertad y mi vida pero no me quitaras mi dignidad.

El poderoso Duque observó detenidamente la faz desencajada y colérica de Lucia durante unos instantes y la golpeó con tanta fuerza que la joven cayó de espaldas al suelo arrojando sangre por su boca enrojecida. Se entretuvo un minuto escaso contemplando el cuerpo derribado de la muchacha y caminó hasta la ventana con pasos firmes y amplios.

-      No vuelvas a ponerme la mano encima jamás, ¡zorra estúpida! En cuanto lleguemos a Montpellier se te corregirán esos malos hábitos. Una esposa jamás contesta o reprocha a su marido y mucho menos se atreve a golpearle. Si no fuera porque necesito que este matrimonio llegue a termino te juro querida, que te rompería el cuello con mis propias manos como a un pollo, y arrojaría tu cuerpo en una cuneta para que se pudra como la basura que eres. Por desgracia, necesito este matrimonio. Necesito la dote para pagar las cuantiosas deudas de juego que he ido adquiriendo. Claro, que una vez que las haya pagado… Siempre puedo deshacerme de ti. A no ser, que decidas poner algo de tu parte y aceptes el futuro que te espera. Si te portas bien y me obedeces, tal vez pueda hacer de ti una mujer de provecho. Una vez te haya transformado y modelado a mi gusto podríamos ser felices para siempre.

“Felices para siempre” Esas palabras retumbaron en la mente de Lucia con un eco interminable. Sus ojos se cerraron, su corazón se detuvo aterrado y todo su cuerpo se contrajo por el pánico. No podía consentirlo. No podía dejar que le arrebatara de esa forma su vida, su libertad. Mientras, Pierre seguía hablando y maquinando como iba a transformar a su futura esposa. A cada silaba la angustia y la desesperación de Lucia aumentaban. Se levantó del suelo, donde aún yacía sangrado, y se arrimó despacio hasta el escritorio de madera. Pierre continuaba mirando a través de la ventana como la lluvia inundaba las calles abandonadas. Lucia palpó la superficie fría de la mesa tratando de distinguir entre los numerosos papeles y libros el objeto que buscaba deseosa, sin apartar la vista del hombre que quería apagar de ella todo rastro de independencia. Apartó la mirada de su ser por un intervalo de tiempo minúsculo. Lo bastante amplio como para que le diera tiempo a sostener en sus mano temblorosas el fino abrecartas de plata y pedrería que heredó de su tatarabuela. Lo bastante amplio para que Pierre de Montpellier se girase lentamente hasta poder contemplar con pavor como aquel delicado objeto de joyería se convertía en la daga de su asesinato.

Lucia se abalanzó sobre él sujetando aquel hermoso cortaplumas en su mano y con pulso firme, lo hundió por tres veces en el abdomen y el pecho del dueño de sus pesadillas. No habría ya más golpes, ni más humillaciones y desde luego no habría prisión, nunca más.

Pierre se tambaleó torpemente tratando de avanzar hacia la puerta. No hubo gritos. No hubo lucha. Tan solo el sonido rotundo del cuerpo desplomándose en el suelo y el brotar alegre y apresurado de la sangre bermellón que pintó la alfombra en un minuto.

Lucia contempló el cadáver inerte y sintió miedo. Miedo y alivio al mismo tiempo pues ya nada la retenía junto a él. Sonrió levemente. Limpió la sangre del cortaplumas con su pañuelo de seda y lo guardo en su bolso de terciopelo negro. Se acercó despacio hasta el armario y recogió su capa de lino y sus guantes. Parecía tranquila y sosegada pero en su interior, su pecho ardía de inquietud. No sabía qué hacer ni a dónde ir.

Se agachó junto al cuerpo yermo de su prometido y le retiró una pequeña bolsa de monedas de su cinturón. Echó un último vistazo a su pasado y se marchó.
La lluvia era aún abundante cuando Lucia salió a la calle. A penas un par de vagabundos poblaban las calles solitarias. Pero a ella no le importaba ni la lluvia ni el frío. Atravesó el centro de la ciudad y el barrio judío prácticamente corriendo. Las gotas de agua helada le golpeaban el rostro congelado, empapando hasta el último centímetro de sus facciones. Sus zapatos de tacón rechinaban y se resbalaban en las piedras mojadas que pavimentaban las calles.

Tardó casi una hora en cruzar toda la ciudad y todo el camino lo hizo corriendo. Corrió hasta que su pecho dolorido no admitió una sola gota más de aire. Corrió hasta que resbaló y cayó al suelo.

-       ¿Se encuentra bien señorita?

Lucia alzó la vista y se encontró frente a un hombre robusto y maloliente, de amplia barba y sonrisa desagradable, que la observaba sin inmutarse, desde lo alto. Desvió la mirada a su alrededor y descubrió que había llegado hasta el puerto. Frente a ella se encontraba una hermosa goleta dispuesta para partir hacia su destino.

Lucia se levantó y se acercó hasta aquel hombre que la observaba.

-      ¿Dónde puedo encontrar al capitán de ese barco? Por favor, es muy importante. He de encontrar al capitán de ese barco.

-      Lo tiene usted delante señorita.

-     ¿Es usted? Oiga, tengo que partir con ustedes. Esta misma noche si es posible. Tengo dinero le pagaré.

El capitán se acarició la barba, relamiéndose los labios al contemplar las brillantes monedas de oro que la dama le ofrecía. Extendió su mano y tomó en ella todas cuantas pudo. No hizo preguntas. No quiso saber quién era ni por qué huía. Tan solo la dejó subir al barco.

La goleta extendió sus velas y partió esa misma noche dejando atrás todo cuanto Lucia había sido y había hecho. Uno de los marineros condujo a Lucia hasta la bodega. Allí, entre cajas de vino y telarañas mohosas, se acomodó a pasar la noche dejándose llevar al mundo de los sueños por el cansancio y  la debilidad. Cuando Lucia abrió los ojos, llenos de pesadillas, se encontró con el rostro reseco y arrugado del capitán Ortiz. Lucia gritó. Lo apartó de sí con un fuete empujón.

-      No se resista señorita. Ya sé quién es usted. Es ella. La asesina del duque de Montpallier. Mis muchachos me han dicho que lo asesinaron anoche. Sé que es usted y más vale que sea buena conmigo o yo personalmente la conduciré hasta los calabozos de la guardia real.

El capitán sonreía y se frotaba las manos gustoso, al compás que pronunciaba estas palabras. Se acerco lentamente hasta retener a Lucia, que trataba de zafarse de sus manos grasientas y sudorosas. Lucharon. Se retorcieron. Ella le arañó el rostro y él la golpeó empujándola hacia atrás hasta que golpeó el candil que iluminaba la estancia. Este rodó por el suelo y todo se convirtió en fuego.

El capitán Ortiz se arrojó sobre la joven gritando: “¡Qué has hecho desgraciada!”  Lucia golpeó la cabeza de su atacante con una botella de vino justo cuando el suelo del barco tembló, y el capitán cayó al suelo sin sentido.

La muchacha salió al exterior tratando de encontrar la manera de huir de su nuevo sometedor y encontró que aquellos que la perseguían para colgarla por el asesinato del duque se habían convertido ahora en sus salvadores.

Una goleta de la guardia española perseguía el barco en el que huía la prófuga, disparando sus cañones y tratando de darles alcance. Las balas de cañón silbaban a su alrededor y golpeaban el casco de la embarcación mientras los marineros se afanaban en defender su navío o en salvar sus vidas. Las llamas se extendieron rápidamente al estallar las botellas de vino de la bodega. El barco se hundía lentamente. Los gritos de los marineros que correteaban por la cubierta lo invadían todo.

Una bala de la goleta real alcanzó una cuba de pólvora y todo cuanto había tras Lucia voló por los aires. Lucía cayó al suelo y todo se volvió negro.

Abrió los ojos de nuevo sin saber cuánto tiempo había pasado inconsciente. Se encontraba en el agua, medio agarrada a un trozo de madera. Miró hacía un lado y vio a lo lejos como el barco del viejo capitán se hundía agujereado por las balas de cañón. Subió como pudo sobre la tabla y dejó que la corriente la arrastrara a una isla cercana. Todo el mundo pensaría que había muerto hundida con el barco. Por fin podría ser libre de verdad.

Inspirada en la obra de John Waterhouse, La Tempestad.
(c) Todos los derechos reservados.

Noviembre 2011.

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