Había una vez una hormiguita cabezota que
quería cruzar un río. Día tras día caminaba por el diminuto sendero a través de
la hierba hasta la orilla del diminuto río y se sentaba a observar. Sabía,
porque era lista, que si intentaba cruzarlo se ahogaría. Las hormigas no saben
nadar. Así que día tras día llegaba a la orilla y se sentaba a pensar. ¿Cómo
puedo cruzar al otro lado sin ahogarme? Todo el mundo le decía a la hormiguita
que estaba loca, que para qué quería cruzar al otro lado si el hormiguero
estaba en este. Y la hormiguita siempre contestaba: “Porque es mi sueño” y se
sentaba a pensar.
Un día, mientras la hormiguita paciente pensaba
en como cruzar el río, una fuerte brisa se levantó de repente y arrancó una
hermosa hoja verde de un árbol cercano, que calló lentamente, flotando en la
brisa, hasta posarse sobre el agua del río. La hormiguita lo observó fijamente
y descubrió que la hoja no se hundía, y que el agua la arrastraba lentamente
hasta la otra orilla. Al pararse la hoja, la hormiguita sonrió. Ya sabía cómo
cruzar el río.

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