Se acerca el 31 de octubre. Adoro esta época del año, el otoño siempre ha sido mi estación favorita y la "noche de Difuntos" mi fiesta preferida. Me encanta.
De niña, mi madre asaba boniatos y hacía palomitas de maíz. Después, nos sentábamos todos alrededor de la chimenea a contar historias de miedo toda la noche. Al día siguiente, "Día de Difuntos", íbamos todos juntos a visitar la tumba de mis hermanas.
Hoy en día se celebra de una forma muy distinta. No estoy en contra de que las tradiciones evolucionen. Comprendo que para un niño es mucho más divertido disfrazarse de Zombie o vampiro y salir a pedir caramelos con sus amigos, que quedarse ne casa comiendo palomitas con su familia, pero no puedo evitar sentir nostalgia. Lo que si me molesta un poco es el cambio de nombre. No tengo nada e contra de la palabra "Halloween", pero es que en España esta fiesta siempre se ha llamado "Noche de Difuntos" y no entiendo la necesidad de cambiarle el nombre. Si de verdad era necesario cambiarle el nombre para hacerla más atractiva y moderna, al menos se podía haber optado por la opción gallega: Samaín; nombre que deriva del nombre original de la fiesta: Samhain.
El Samhain era la festividad celta más importante en la época pagana europea, hasta la llegada del cristianismo. Servía como celebración del final de la temporada de cosechas y la llegada de la estación oscura. Algo así como el "Año nuevo Celta". La etimología del nombre es gaélica y significa "fin del verano. Vamos, que el 31 de octubre era una noche celebración similar a la Noche Vieja cristiana. Con la llegada de la Iglesia se cristianizó y exportó convirtiéndose en la Noche de Todos los Santos. Esta vigilia vespertina del día anterior a la fiesta de Todos los Santos, se tradujo al inglés como: «All Hallow's Eve» (inglés: Vigilia de Todos los Santos). Con el paso del tiempo su pronunciación fue cambiando hasta terminar en la palabra «Halloween».
Esta celebración se lleva a cabo desde hace más de 3000 años por los pueblos celtas de toda Europa. En Galicia y en otras regiones de España, las fuentes se remontan incluso a épocas anteriores al propio nacimiento de Cristo, y hasta no hace mucho, se creía que el velo que separa este mundo del Más Allá se rompía esa noche, y los difuntos podían visitar es noche las iglesias y ermitas donde se celebraban misas por su alma. En las casa era tradición preparar comida para los vivos, pero que honrara a los muertos. Se encendía hogueras en los alrededores se las aldeas y estaba desaconsejado abandonarla esa noche, ya que era una festividad intima, sólo para los familiares y sus difuntos. Los niños hacían calaveras de “melón” con aspecto terrorífico, después las colocaban en las esquinas o las ventanas para asustar a todo el vecindario, y en especial a chicuelos de barriadas vecinas o a las mujeres que volvían del rosario. Cualquier mal que anduviese merodeando por la aldea quedaba así conjurado y lejos del hogar. De este rito salvaje procede la tradición posterior de los cruceiros, las cruces de piedra levantadas en las encrucijadas de numerosos bosques y despoblados gallegos.
De los antiguos ritos celtas de la muerte derivaron en Galicia a la tradición de la Santa Compaña; la comitiva de difuntos que avanza durante la noche en silencio y llevando cirios encendidos. La comitiva está encabezada por una persona viva condenada a portar la cruz delante de la procesión espectral, que quedará libre cuando pueda traspasar su condena a otra persona. Toparse con ella supone una maldición.
Hoy en día, esa relación intensa e intima de los gallegos con la muerte que marcaba la Noche de Difuntos antaño, sigue patente en el espíritu de la celebración moderna. La gente se disfraza, asan castañas y boniatos y tallan calabazas, que en algunos lugares se dejan secar y se usan como máscaras en el Entroido. En la villa de Ribadavia se celebra cada 31 de octubre la fiesta "A Noite Meiga" (la noche embrujada) en la que la ciudad "se llena" de fantasmas, brujas, vampiros... El castillo es lugar de un gran pasaje del terror, entre otras actividades. En Coruña, los rapaces (chicos) se escondían en los caminos con calabazas, previamente vaciadas y con velas dentro, para asustar a la gente que pasaba por las corredoiras (caminos). Las chicas llevaban collares hechos de castañas para ahuyentar a los malos espíritus...
En mi Murcia natal, se siguen asando castañas y boniatos, haciendo palomitas y contando historias de miedo (al menos por donde yo vivo); pero los niños ahora se disfrazan y piden caramelos. Me encanta verlos correteando por la calle y haciendo calaveras con calabazas, pero me gustaría que supieran el origen de esa fiesta que les gusta tanto y que no tienen por qué cambiar las tradiciones españolas por las americanas.
Tenemos una cultura rica y extensa, vamos a disfrutarla.
