El 20 de abril de 1965 se casaron dos de las personas que más quiero en este mundo, mis padres. Creo que puedo afirmar casi con seguridad absoluta que no ha habido dos personas que se hayan querido más el uno al otro. Se querían, se respetaban y se admiraban el uno al otro.
Cuando se conocieron, mi madre tenía apenas 16 años y mi padre 25, pero fue amor a primera vista (al menos para él, porque a ella le costó lo suyo caer en los encantos de D. José Manuel Gil García). Mi madre solía contarme que todas las mozas del pueblo le decían que era alto y guapísimo y que cuando lo vio por primera vez, se echó a reír ( mi padre era guapo pero media 1,65). Aún así acabo enamorada de él. Mi padre me contaba que cuando la vio se quedó de piedra porque llevaba años soñando con una mujer muy hermosa que le sonreía, y aquella muchacha era esa mujer de sus sueños. Con el tiempo se hicieron novios y luego se casaron. Tuvieron una familia grande y muchos viajes e imprevistos, pero en los 53 años que estuvieron juntos no dejaron de quererse ni un solo minuto.
Hoy habrían celebrado 55 años de casados, 60 desde que se enamoraron. Toda una vida juntos.
Cuando celebraron sus bodas de oro, allá por el 2015, les escribí este poema; mi padre me lo pidió, quería que se lo regalara a mi madre, porque para él la fiesta era para ella, él no importaba. Mi padre siempre tuvo ese puntito romántico que le hacía llevar el desayuno a la cama a mi madre acompañado de una rosa, y acordarse de su aniversario todos los años sin excepciones, y colmarla de caricias y besos. Mi madre no era tan romántica, de hecho, no era nada romántica. Para ella lo importante era estar juntos, celebrar un día especial no importaba.
Hoy, 20 de abril, habría sido su aniversario de boda y no quiero estar triste, quiero celebrarlo por ellos.
Os quiero mucho papá y mamá. Os echo de menos.
50 años
Hay tantas historias enmarcadas en sus ojos…
Toda una vida juntos,
Medio siglo compartido entre caricias,
Cincuenta años de amor incondicional.
Se conocieron una tarde cualquiera
En una calle que no hay por qué nombrar,
Ella iba riendo y le vio sin verle
Él no se dio cuenta que ella iba detrás.
Pero quiso el destino caprichoso
Que sus caminos se volvieran a cruzar
Y cuando descubrió que ella era la dueña de sus sueños
Ya nunca más la volvió a dejar.
Recorrieron medio mundo,
el uno junto al otro.
Él luchó batallas, ella esperó paciente,
Ambos guerreros ardientes
y dulces amantes vehementes;
Pues él lleva en su alma el corazón de ella,
Y ella lleva en su corazón el alma suya.
Ella es él y él es ella,
Un solo ser unido incluso en la distancia.
Eterno y hermoso como el brillar de una estrella.
Cincuenta años juntos que parecen un minuto.